Bruno Marcos

7 de Octubre Entre unas casetas espantosas hay una que expone el coleccionismo local de postales.
Empiezo a rebuscar y enseguida sale algo que me cautiva. Se trata de un paisaje marino. En blanco y negro, sobre un papel que amarillea, aparecen un cielo de borrasca y unos arrecifes grises azotados por el blancor de las olas. Lo extraño es que entre tal marejada unas minúsculas gaviotas vuelan y se posan en las rocas. Firma el cuadro un tal Amier Kreme.
Al reverso la impresión de la postal está al revés. María escribe desde Badalona a Angeline Gurmané de la calle Mlle Dechenaud, Boulevard Sebastopol 127, de París, France.
Con una letra perfecta de pluma le cuenta, en catalán, poca cosa, que ya la escribirá más adelante más extensamente, cuando llegue a Gerona.
Pregunto el precio y la compro y el vendedor me interroga, me pregunta si es por el paisaje y digo que sí, y que, sobre todo, me gusta porque es de 1906, y esa época me place. Seguramente desconfía de que tenga algún valor que a él le pasó desapercibido y, por lo tanto, me la esté regalando. Veo que no se queda conforme, seguro que en el negocio hay quien desprecia los tesoros para llevárselos por dos pesetas. El caso es que no voy a explicarle que no soy ningún entendido sino una persona rarita, morbosa, tal vez.
¿Sólo me doy yo cuenta de que esa postal dentro de cuatro días cumple 101 años?

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