3 de Agosto Tendría yo siete años cuando vi el primer muerto. Mi madre me llevó al velatorio de su tío Jonás. Es muy extraño que no se cuidara de evitarme aquello pues luego, siempre, me eximió de visitar moribundos o cosas que me pudieran impresionar. Sin embargo tengo recuerdo de que en aquella ocasión me llevó sin pensárselo. Creo que por entonces, recién llegados a esta ciudad, que en ese tiempo era horrenda, tal vez yo no fuera admitido aún en ningún colegio y, sin familia, ella no tuviera con quien dejarme.
El caso es que lo que recuerdo es ir de su mano hasta un barrio todavía más feo y entrar en una casa de pisos viejos. Era una mañana blanca, fría y ventosa como sólo esta ciudad sabía fabricar entonces. Entramos y el ataúd estaba en el pasillo. Había que pasar de lado y, a través del cristal, ese señor al que nunca conocí permanecía como una estatua obstinada en no despertar ante toda la gente compungida que deambulaba por allí. Lo que más me llamó la atención fue que en lugar de corbata tenía una especie de escarapela compuesta por cintitas de colores.
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