Bruno Marcos

11 de Julio Exponen de Sorolla lo que es, para mí, la explicación a que se malograra su talento, es decir, su éxito. Vienen unos cuadros enormes desde la Hispanic Society. En ellos se ve lo que fue la empresa que se llevó sus últimos años de vida y el tiempo que debía haber dedicado a pintar un desayuno sobre la hierba, o un columpio. Se trata del encargo de un neoyorquino que consistía en ir retratando el tipismo de España durante seis o siete años. Sorolla debió darse cuenta de que algo no encajaba ya que tardó mucho en aceptar el ofrecimiento. Incluso el rey le animaba.
El caso es que los cuadros se ven desatendidos, hasta, algo impensable, con algún defecto de dibujo; composiciones simples, algún rasgo de su genial instinto para la luz, pero defraudan. Son el regionalismo en cuerpo y alma, el genio puesto a los pies de los chato, lo chusco, lo simple. Ni siquiera su familia quería acompañarle en esos viajes a la España profunda.
Dejó Valencia porque sabía que en Madrid era donde podía triunfar pero ese Madrid, desde las más altas instancias, le envió a lo más oscuro de la piel de toro, como si en ella algo sagrado y puro fuera merecedor de ser inmortalizado, digno de su talento. Así otros pintores, seguramente menos dotados, penetraron mucho más en lo que ha acabado por ser la historia del arte.

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