23 de Junio Ya en casa la multitud deambula por las fiestas de la urbe. Yo como si no me incumbieran percibo lo que debe ser la histeria colectiva. Todo es mental, debe serlo hasta la historia.
Nos cruzamos con el arte de calle, una especie de esperpentos sin gracia que se infiltran entre la muchedumbre. Un alto funcionario del consistorio disfrazado de moderno, teléfono en mano, persigue y hace de guardaespaldas a tres gallinas enormes que desfilan por la calle ancha. Una de ellas se asoma por la puerta de un establecimiento y mientras una niña le tira de la cola. El guardaespaldas, a la sazón músico pop incombustible, reprime al padre ladeando la cabeza como insinuando que las gallinas de trapo, enormes y estrafalarias, haciendo el tonto por la calle fueran algo intocable, respetable.
Poco más allá unos músicos fingen no saber tocar y lo hacen con instrumentos fabricados con cosas ordinarias. El caso es que tienen un público multitudinario, tanta gente que no se la merecen, tanta que humanamente deberían renunciar a dar tan poco a un aforo tan grande y entregado. Todo su humor se basa en parecer que son bobos.
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