3 de Abril Los restos de la nieve aún salpican las cumbres rocosas. Las nubes cruzan de pico en pico construyendo un hilo lácteo entre las cimas. Contemplar la alta montaña es tan impresionante como el mar. Se puede objetar que la montaña es inmóvil, que carece de esa sensación abismal de una inmensidad que va y viene, pero su quietud es igual de vertiginosa, de profunda.
Cuando subimos a aquel avión en Nepal para ver el Everest recuerdo que lo que más me impresionó no fue el pico piramidal de la cúspide del mundo, que por muy poco destaca de sus vecinos, sino la inmensidad, el mar de montañas que aparecía cuando ya habías superado todas las nubes. Realmente es como llegar al cielo, al cielo que siempre se han imaginado los hombres. Tan arriba, a nueve mil metros, saliendo de la tierra de un día nublado, cruzando en pocos minutos un macizo tan extenso de nubes negras, de pronto, ver a lo lejos una extensión blanca de picos dorados por un sol limpio da, verdaderamente, la sensación de que hay otro mundo.
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