Bruno Marcos

20 de Abril Feria del libro. Recorrí las casetas sin ilusión. Mi mirada rebotaba en las tapas duras de esos best-sellers que son un enigma para mí, ese amasijo de palabras, esas historias que me podrían dar la gloria y nunca escribiré.
Detrás de mí, a cada caseta, llegaba, un poco después, muy alegre, el cantinero, aquel que esbozaba la edición de un libro sobre cementerios obligando a escritores locales a comentar tan triste paisaje. Pegaba sus partes pudendas al mostrador y gesticulaba sonriente como una pequeña figura de guiñol. Los libreros le recibían mucho más deprimidos aunque se veían forzados a regalarle una sonrisa. En una de estas vi el nuevo ladrillo del diarista del reino. Le pregunté al librero si efectivamente era la última entrega. Exigí desenvolver el ejemplar pues no me fiaba y, una vez comprobado el índice de tan colosal obra, lo adquirí, no sin observar como el mamotreto, ya en la bolsa, se le caía al insensato de las manos dando un fuerte golpe contra la tarima para quedar, seguramente, maltrecho como decían que les ocurría a esos recién nacidos que se les caían a sus padres de los brazos.
El librero me lo entregó afirmando que esos libros él los empezaba a leer y no podía parar. Yo, para no parecer tan morboso, admití que los leía a trozos.
El caso es que tres casetas más allá, en la 32, estaban casi mis obras completas. Una de ellas de cuerpo presente, con esa verdura tan vegetal que escogí para su portada, tumbada en el mostrador, retrepada casi en su cenit. Y en las estanterías posteriores una escuadrilla de la anterior, con su fajilla militar que acredita el difuso premio que la legitimó en su día. Había por lo menos seis, u ocho. Una cantidad enorme que disuadió de hacer acto de presencia a la angustia de su destino trágico: Volver otra vez a la caja.

1 comentario:

Anónimo dijo...

el libro verde que pena en la biblioteca de león le han arrebatado el título de obra maestra que algún inconsciente rotuló en su páginas. No sólo el olvido actúa de forma implacable