15 de Marzo Hoy llevamos a los muchachos y muchachas al gran pez de la nave nodriza. Antes les paseamos por la aulas de la Facultad de Bellas Artes. Las mismas escenas perpetuadas. La memoria excitada con los olores más acres, aguarrás o gasolina. Ya lo decía mi padre: “¿Eso son las Bellas Artes?”.
Aunque esta no fue mi facultad es igual a la mía. Los profesores, tímidamente inexplicables, con un discurso tan cortito como su vocabulario. Mi compañero dice que se debe en parte a que los profesores que imparten en eusquera se expresan penosamente en castellano. No quiero ni pensar cómo serán esas explicaciones en eusquera. Coincidimos, entre carcajadas, que deben resultar una sinfonía de gruñidos y gestos muy arcaicos. Nos reímos, sí, pero ahí queda un mundo que tiene un nombre muy preciso, una de las mutantes formas del fascismo.
Ya en la nave nodriza la guía nos explica lo inexplicable. Coincide que hay muy poco, una exposición de Palazuelo, lo de Serra... y ella se pone a contar por qué este hombre ha hecho eso..., esa abstracción, esa geometría..., cómo evoluciona..., que si le interesan las caligrafías árabes y etcéteras. Luego, de rondón, pasamos a toda velocidad junto a las moles corroídas de Richard Serra, casi ni las miran. Me comenta la guía que está contratado ese despilfarro de óxido para 25 años. “¡Qué horror!- pienso- ¿Qué será de nosotros dentro de 25 años? ¿Por qué hacen eso? Como si eso fuera un banco hacen un depósito de una formas a plazo fijo sabiendo que, con la expectativa, harán caja. ¿Por qué explican así el arte?¿Por qué hacen eso con el arte?”.
Ya sabemos que esos señores tendrán sus razones personales para emborronar lienzos con cuadrados o trapecios o para darles vueltas a una chapas de acero enormes, lo que no sabemos es por qué eso ha de ser significativo para el resto, por qué tenemos que estar ahí contemplándolo, por qué ha de construirse la nave nodriza para albergarlo, si no nos dice nada, si no aporta nada al mundo.
¡Dios mío!¿Qué me está pasando?
A las muchachas y a los muchachos les da todo esto igual. El chófer, agitanado y jondo, proviene de la profunda Extremadura y, con una voz como de bufido grave indiscernible, menciona su pueblo cada tres palabras.
Nos dejamos caer por la ladera entre unas casitas de pescadores, más allá del fantasma industrial de la ría, pasando los palacios y los recuerdos de mi compañero que me cuenta cómo se iluminaba todo el cielo nocturno cuando vertían la colada inmensa de los altos hornos.
Paramos un poco en la playa. Pienso en el pez que inspiró Gehry la nave nodriza, y siento que el relato era infinitamente más hermoso que todo el colosal edificio. Aquella carpa que de niño viera nadar en la bañera antes de que su abuela la cocinase en celebración de cada sabbath. Y también recuerdo que este edificio que hoy me ha sido indiferente inspiró aquel que la protagonista de mi novela Lo más profundo es la piel construyera. Pero me digo que no era el mismo. Aquel se lo dictaba la huella de su cuerpo en las sábanas cada mañana, la huella de su soledad universal.
De pronto estalla una ola y vuelvo a ver el mar. El sol ha hecho un hueco entre las nubes y dora la niebla sobre el agua. Pienso en las ganas que tengo de llevar al bebé a la playa y presentarle la inmensidad, una inmensidad que no puedo explicarle, porque sé que él no va a pedirme explicaciones sino a regalarme una marea de sonrisas.
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