Bruno Marcos

13 de Marzo Deben ser estos los desheredados del mundo infiltrados en nuestro mundo. Yo, en mi función, aseguraba ser imparcial, apenas hablaba, pero eran incapaces de acatar un mínimo orden. El padre, con lo ojos hundidos y muy abiertos, se mostraba disgustado, gesticulaba con una cierta nobleza, como de caballero español o de pirata. Tuve la sensación de que, al tratarle yo con sumo respeto, afloró en él un fondo de hidalguía, como un recuerdo inconsciente o una inmanencia genética, que acababa por tener algo de caricatura.
En un momento dado, me pidió los papeles y, en un clásico contraposto, hizo recuento de ellos. Yo, al percibir, en él, que había encontrado en mí alguna flaqueza, pensé que iba a introducir esa otra clásica española, la picaresca. Pero no, efectivamente, estaban mal contados, alguien, antes que yo, había hecho mal su trabajo. Eso le satisfizo y, más aun, que yo le diera la razón y esbozó una mueca que debía ser una sonrisa fría totalmente cariada.
Luego, de pronto, ante ese despliegue de desorden familiar, de improcedencia general, me di cuenta de que aquel hombre, con sus precarios instrumentos, lo que estaba haciendo era defender a su hijo, salvar en algo lo que ya parece insalvable. Es comprensible que no pudiera reprimirme de introducir en la redacción de sus alegaciones, aunque él no la pronunciase, la palabra menester.

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