11 de Marzo ¡Qué despedida tan extraña la de este domingo! En lugar de irme yo primero hoy se han ido ellos antes, y esa soledad oscura de la carretera ha sido sustituida durante algo más de una hora por la soledad de mi propia casa. Y no sé por qué me he acordado de las despedidas de mi abuela. Tendría yo cinco o seis años. Una mañana cualquiera de ese tiempo sin tiempo del verano, casi en el instante del amanecer, un rumor mudo de bolsas y zapatos rodantes me despertaba. Nadie hablaba. Todos se agitaban de un lado a otro recogiendo ropas y enseres varios. De pronto cantaba un gallo estridente, o resoplaba una madrugadora mula al otro lado de las ventanas aún selladas. Alguien me llevaba de un sitio a otro como a un convaleciente y yo exhibía estupefacción ante mi sueño interrumpido.Después de apisonar las maletas en el compartimento trasero, cuando ya estábamos todos dentro del coche y el vaho de nuestras multitudinarias respiraciones comenzaba a nublar la visión de la casa de barro, el motor daba el primer rugido. Entonces una contraventana se soltaba quedamente y, tras la desportillada madera verde, un visillo se movía. Al poco, tambaleante, giraba la puerta y, vestida de negro, con el corto penacho de cabello blanco revuelto, aparecía bajo el quicio. Se dejaba caer sobre la cadera derecha apoyándose en la jamba astillada y, llevándose una mano a la boca, lloraba.
Bruno Marcos
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