Bruno Marcos

17 de Febrero Es carnaval. Seguimos a una comitiva de enmascarados por la orilla asilvestrada del río donde los campos deportivos dejan lugar a las arboledas y, de pronto, sobre el añil del atardecer, estalla la feria. El tren de la bruja. Coloco la sillita de Darío frente a él. Luces intermitentes, color, sonido y movimiento. Esa sobrecarga de estímulos hace que sus ojos se redondeen del todo.
El feriante, como siempre, es un tipo peculiar, alto, cetrino, con las mejillas más hundidas que he visto en mi vida. Qué rutina tan distinta a la mía la suya.
Giramos y, a pocos metros, los caballitos, los clásicos, con dos filas de estáticas estatuas congeladas en el instante en que los ponys saltan. Giran y giran, subiendo y bajando furioso, babieca, acuario... Los observo y todavía siento el tacto en mis manos de sus superficies templadas, metálicas y plásticas, los relieves líquidos de las sucesivas capas de pintura aunque haga más de treinta años que no son mi montura.
Siguen los ojos de Darío abiertos, en ellos se reflejan los caballitos al pasar. Continuamos avanzando y voy contemplando toda la feria en sus ojos.

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