Bruno Marcos

29 de Diciembre Convenzo a tres incautos para ir a cenar a Habibi porque ameniza las noches del sábado con danzas del vientre. Es algo que me fascina. Entiendo que en la antigüedad rodaran cabezas a capricho de bailarinas porque hay algo enormemente cautivador, seductor, erótico en ese repertorio de movimientos incrustados en un cuerpo que perece atravesar el tiempo para comunicarnos la sensualidad de lo vivo que tenemos.
La chica en este caso no es ni siquiera oriental sino de aquí. El pobre Habibi está arrinconando todo lo árabe para que se vea que es rico, que está a la altura nuestra y ya no tiene encanto.
En Marrakech a las bailarinas que danzaban en los Riads las veía llegar cubiertas hasta los ojos. Salían de la muchedumbre con prisa y se colaban en el palacio no sin dejar ver, por alguna ranura, las lentejuelas doradas o los velos que llevaban ya debajo. En el Riad se apagaba el estruendo del zoco y entre los apuntes naturales sonaba la música de un tambor y un laúd muy suaves que don músicos muy delgados hacían sonar en la penumbra.

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