Bruno Marcos

28 de Noviembre Volvemos al paseo bellísimo de Briñas. Es un día feo, gris, ventoso, frío y todavía hay hermosura en la ribera de ese río: las viñas, la montaña y el agua. Seguimos caminando hasta el final del pueblo y allí ya la orilla se vuelve salvaje. Los esqueletos de los árboles mantienen una graciosa hoja ocre en la punta de cada rama y, más allá, otros están anidados de muérdago. Todos se ríen de que quiera comprar una casa en el campo y desconozca casi todas las plantas, los nombres de las flores, los arbustos y los árboles. Y yo contesto que precisamente por eso la quiero. El caso es que la otra parte la encontramos más hermosa, la que está cuidada por los habitantes, la que está ajardinada y esa es la cuestión: no dejamos de ver la naturaleza como un jardín, como una decoración, como un fondo para figuras.

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