29 de Octubre He de reconocer que el cementerio ayer estaba muy hermoso, que casi no podía sentir toda la angustia que la muerte proporciona. Solamente me quejaba una y otra vez a ella por traer a un niño tan pequeño a semejante sitio. Ya sé que él no se daba cuenta de nada, que era a mí al que asaltaba el temor más grande, el que siempre me hizo dudar de traerle al mundo, el de que él también algún día sea un cadáver.
Pero el cielo despejado y su propia alegría fueron trayéndome la idea que en su día me convenció, la de que por vivir esta vida merece la pena...
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