21 de Septiembre De viaje hacia el destierro les conté a ella y ello algo de cuando yo tenía ocho o nueve años: Los más pequeños habíamos ido con mi madre de vacaciones a la ciudad del mar y habíamos sido muy felices. De aquí para allá todo el día, por ese barrio de cuento suizo, de una casa a otra, durmiendo acá, comiendo allá... Todo el día entre la familia, como en las películas italianas, con esporádicos deslumbramientos en la playa de la Concha.
Mi padre se había quedado con alguna de mis hermanas mayores y a la vuelta, nos contó, entre otras cosas, que habían ido un día a pescar. Recuerdo que aquel detalle me disgustó. Nunca había hecho eso cuando yo estaba. Me pareció que, a modo de venganza por habernos marchado, él hubiera decidido divertirse a su manera.
Después me pasé toda la noche soñando con él. Íbamos los dos en su viejísimo coche hasta el borde de un río inmenso lleno de zonas encharcadas. Un paisaje extraño, verde y plateado, pantanoso y siniestro. Luego salimos a las calles de un pueblo y deambulamos los dos, vestidos con impermeables. Recuerdo que en un momento dado, en el sueño, me agarraba de su brazo, como una novia más que como un hijo, y tenía una sensación de felicidad enorme.
Puede ser que ahora, cuando él es ya un anciano y yo un adulto, al margen de cómo es él y de cómo soy yo, me dé cuenta de que tuve –tengo- necesidad del padre, de que simplemente le amo con un amor arquetípico.
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