Bruno Marcos

7 de Agosto Sin embargo el sueño de ayer fue maravilloso. Yo era niño y guiaba a dos adultos por las afueras de la ciudad, en una zona verde que desembocaba en un inmenso parque. Les señalé una acequia por la cual, sumergidos en el agua, accederíamos a ese jardín a esas horas. Había que entrar flotando sobre el agua cristalina bocarriba. Recuerdo que, ya en el agua, salía el hombre que cerraba el jardín, dando dos vueltas a la llave de una vieja puerta metálica. Era un hombre indio vestido con un harapo azul celeste. Durante unos segundos se quedó parado como si sospechara que estábamos allí y luego se fue.
Momentos antes, cuando les enseñé el túnel vegetal por el que había que colarse, recuerdo haber visto algo tan bello que me dejó conmocionado incluso después de despierto: Encima del agua un techo curvo de verdes hojas largas que una brisa cálida agitaba dejaba ver los destellos de un cielo impensable, a medias diurno y nocturno.

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