5 de Julio Al fin mi tía y mi madre dividieron la casa dando fin a un regateo sobre la herencia que ha durado más de treinta años. Mis padres han hecho en su parte algo que es una casa nueva. La magia corrosiva desapareció casi al completo. Ayer, al salir de allí al atardecer, me acordé de todas las cosas que viví yo en la casa vieja... Todas esas huellas de un mundo que se me mostraba tétrico, aburrido y muerto... Herramientas de labranza, yugos, correas de caballos, objetos tirados por la tarima del desván como restos fosilizados de una civilización ya extinguida. Todo descansaba mordido por el óxido. Todo había sido cubierto por el polvo hasta tornarse un paisaje homogéneo, marrón, pardo, mate. Y esa habitación en un sentimiento arqueológico convocaba todo tipo de fantasmas, las personas reales que, en un tiempo que se espesaba en mi mente excitada de niño, hubieran depositado cada cosa en el lugar en el que habría de permanecer tantos años.
Además tenía que convivir con un montón de personas a quienes no conocía pero a quienes debía querer. Muchas veces era obligado compartir la cama con alguien, con el que te tocase. Recuerdo las ocasiones en las que me tocaba con mi tío Paco. Su ritual cotidiano, desembarazarse de la faja que sujetaba su estómago maltrecho por el que varios cirujanos habían transitado y que le había puesto de invalido permanente. De pie, en silencio, con una altura y un físico calcado al John Wayne más afectado se rascaba durante diez, quizá veinte minutos. Yo en la penumbra le observaba hasta que me dormía sin poder ver cómo desaparecían las marcas de su piel.
También, a media noche, me despertaban sus ventosidades, aislada, solitarias, como un grito suicida que su herido vientre mandaba como protesta a la campana celeste que cubría el pueblo.
En términos generales yo detestaba esos pocos días en el pueblo de mi madre, pero, ahora, veo la cantidad de cosas excepcionales que observé, que presencié, aunque parecía que no pasaba nada.
Desde el coche, al salir, pude ver ya muy anciana a una mujer que para mí ya lo era hace treinta años. Tuve la misma sensación de angustia al imaginar su vida en ese rincón del pueblo, día tras día.
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