Bruno Marcos

4 de Julio Cada vez iba acortando las sesiones de lectura de las memorias de Cansinos Assens para no ver que acabarían como acaban siempre estas historias de literatos.
Resulta que termina el tercer volumen en 1936, justo con la rebelión africana. Antes describe cómo la situación en Madrid era de terror, absurda. Los redactores de los periódicos en los que colaboraba otrora alegres figurantes de los años veinte son al fin trocados en gente atemorizada que guardaban, en el cajón del director, un montón de pistolas.
Al cerrar la última página pienso en todos esos personajes apenas esbozados, gente real de carne y hueso que existió y siento como si muriesen otra vez dentro del libro. Todos ellos tan olvidados, otros ni siquiera conocidos jamás, poetas que cruzaron una vida que a nadie interesa. Sus juergas, sus dislates, ese tal Puche que, ebrio casi todo el día, decía de todo el mundo que debería morirse...
¿A dónde toda esa gente? Como los suspiros de Becquer son aire y van al aire... Qué pensamientos tan antiguos, tan clásicos me invaden... Al fin son personajes y van a una novela...

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