Bruno Marcos

9 de Junio Jonás fue el que metió en el piso a aquel espécimen. Agobiado por lo abultado de la renta le admitió sin consultarme. Quizá fuese lo más cerca que hemos estado del otro lado. El pobre muchacho no era estudiante, ni era realmente nada más que un crío de 17 años al que había abandonado su madre aunque, de vez en cuando, le enviaba algún dinero.
Tenía una larga melena áspera con la mayoría de los mechones negros pero también con otros castaños e incluso blancos pese a su juventud. No hacía nada, ni trabajaba, ni estudiaba, por no hacer dejó hasta de comer.
Un día, en su ausencia, husmeamos entre el revoltijo de una caja enorme de cartón que se había traído y hallamos un sentencia judicial que les condenaba a él y a otro por conducir ebrios un coche sin carné con resultado de estampamiento. Apareció también una foto de su madre en una discoteca, sonreía abiertamente mientras bajo la minifalda dejaba ver, en un pequeño triángulo blanco, sus bragas.
Al poco empezó a aparecer su hermana para dormir en el sofá. Se movía sigilosamente y casi no se la sentía por la casa que abandonaba al despuntar el día como un fantasma ojeroso y noctívago
Cuando al muchacho le llegaba su raquítico dinero se preparaba un festín a base de paella precocinada y costillas de cerdo fritas. Y al día siguiente ya volvía al ayuno únicamente roto por el esporádico hurto de alguno de nuestros alimentos. Siempre me extrañó pues que con el hambre que pasaba se dejara en una ocasión durante horas unos huevos en la sartén. Se fue de casa con el fuego encendido y de fritos debieron pasar a ser partículas aéreas pues todo el cielo de la cocina quedó ennegrecido e impregnado de huevo frito calcinado. No le debió preocupar mucho porque probablemente ni lo huevos, ni el aceite ni, con toda seguridad, la sal eran suyos. Sin embargo a mí me fastidió ese nublado en la cocina que duró hasta que nos fuimos de aquel piso.
Una noche se la pasó solo en el sofá sufriendo insomnio y disparando con su pistola de juguete a todas las figuras que aparecía en la tele. En otra ocasión, a altas horas, oí, a través de la ventana, en la desierta calle, un sonido intermitente. Al asomarme pude contemplar su rucia melena corriendo de un lado a otro de la calle mientras sacudía con vehemencia infernal una raqueta vieja sobre una pequeña pelota de goma usando las fachadas de los edificios como frontón.
Al final ni comía, ni salía, ni se aseaba. Cada vez que su puerta se abría un tafo insoportable recorría el aire.
Un día se fue. En sus diecisiete años podridos debiósele aparecer algún razonamiento un poco recto y comprendió que debía ir con su madre al agujero donde quiera que se hubiera metido. Todo él era un adefesio cuando se iba. Me tocó a mí despedirlo en soledad cuando salía. Creo que dejó su gran tele como prenda de sus deudas. Hacía meses que los pocos amigos que tenía ya no comparecían. Le deseé buena suerte a sabiendas de que no la tendría jamás.
Un mes después vino su hermana con un calvo de cabeza grande, cojo y viejo, con pujos de proxeneta endeble y que debía ser su novio a por la tele. Creo que fue la primera vez que oía su voz. Dijo que nos iba a pagar lo que su hermano nos debía porque él era un canalla y nosotros nos habíamos portado muy bien pero que en ese momento se llevaba el aparato.
Por un momento se lo debió creer incluso ella, se debió sentir como una buena persona. La verdad es que hubiéramos pagado porque se fueran.

4 comentarios:

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Eso lo hubierais arreglado con un buen casting, claro que entonces igual no estaban todavía de moda.
También ese Jonás, vaya ojo: en vez de meterse él en el vientre de una ballena, os metió un tiburón en casa. No me extraña que le acabaran multando, aunque fueran los de tráfico. Si es que los hay que van como locos...

Anónimo dijo...

gracias por leer esto, Javier. ¿Cómo llegaste aquí?

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Hola Bruno, no hace falta que me des las gracias, es un placer.
Te encontré a través de un enlace, creo que el Club Leteo, mientras cotilleaba que se hace ahora por el pueblo.
De todos modos ya te conocía; tengo por casa "Lo más profundo es la piel" y alguna cosilla más.
Además, creo que compartimos profesor de literatura en la Palomera, aunque soy algo más joven que tú.
Un saludo, te leo.

Anónimo dijo...

Ya lo sé. Justo me habló de ti y de que estabas, hace años, montando una editorial. ¡Qué curiosso lo de Justo! Después de haber influido tanto en que yo escribiera (me imagino que también en ti) le mando algunos de mis libros y no me dice nada de ellos. Sé que los leerá y tal vez le guste que escribamos, pero ese silencio...