Bruno Marcos

7 de Junio Soñé con Jonás. No tengo forma de desprenderme de las pesadillas estúpidas. Las aterradoras son pocas pero hay otras cargantes, insistentes, pesadas, que desentierran cada poco cosas del pasado. No es que me moleste ver a Jonás aunque sea en sueños, pero es que tienen tanta fuerza mis sueños que suelen influir en mi estado consciente.
La verdad es que he pensado muchas veces en localizarle, o simplemente que, al estar aquí en el destierro al lado de su casa, me lo encuentre por la calle. Tenía un aspecto tan peculiar que le distinguiría aunque pasasen treinta años. Puede ser que haga quince que no le veo, doce o trece que no tengo noticias suyas. Un día, después de mucho tiempo, recibí una carta suya con la amenaza de que si no iba a verle en esa ocasión ya no nos encontraríamos jamás.
No sé por qué le daría aquel aire pero el caso es que, por pereza, ni le contesté aunque un par de veces empecé a escribir la respuesta. El caso es que ya entonces esa entrevista sería un recuento, un resumen de mi vida y de la suya desde que no nos tratábamos y yo no quería resúmenes.
Ahora también me ha echado atrás el hecho de que tendría que prepararle un resumen de mi vida.
Recuerdo que la primera vez que le vi estaba silencioso y sonriente aureolado por su pelo rubio, como enclaustrado en sí mismo detrás de sus ojos diminutos. Se pasó el primer año de carrera viviendo en una rulot al otro lado del Tormes. Mucho se rió Nacho de ese detalle cuando le conoció para acabar, años después, él también, por temporadas, asilado en una caravana de su hermano.
¿Qué será de él? ¿Tendrá hijos, canas? ¿Pondrá, como yo ahora, su nombre y apellidos completos en internet a ver qué sale?

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