Bruno Marcos

21 de Junio Me asomé a la ventana del patio y vi las cumbres de dos edificios decadentes. Sus tejados podridos, con tejas al borde del suicidio, creaban un ángulo obtuso que enmarcaba un trozo de cielo turquesa aborrascado en cuyo centro había un raspado que dejaba ver un poniente dorado. Impulsivamente me fui a por la cámara y le saqué dos fotografías. Luego me quedé meditando sobre las diferencias existentes entre las imágenes y las palabras, en por qué he querido retratarlo y no escribirlo y, por un momento, me dije que eran lo mismo, al fin y al cabo, eran el similar impulso por registrar ese cielo más allá de mi mente. Pero al sentarme en el sofá ponderé las grandísimas diferencias de los materiales, de las palabras a los colores...
Jamás me había parado a pensar lo que da sentido al título de la novela El cielo protector: Que el cielo aparece azul y es hermoso pero que detrás de él está el abismo negro e insondable.
En eso descubrí el volar de una mosca negra por medio del aire del salón. Instintivamente le solté un manotazo y la sentí chocar contra mi dedo meñique. Al instante me di cuenta de que era el único ser vivo, aparte de mí, en esta casa y sentí un vértigo y un vínculo enorme con la mosca. Estuve a punto de sentir una lástima tremenda por mí mismo. Entonces miré a la otra ventana y, al fondo de la calle, vi el cielo azul y pensé que él me protege.

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