22 de Mayo Volví solo con Darío hasta el río. Siempre que puedo me acerco a él. Esperaba enseñarle los patos del otro día y yo mismo solazarme en la contemplación de su vida tan fácil. No reparé en lo nublado que estaba el día y al llegar me encontré un río distinto. Nada quedaba de ese rincón idílico que la luz del ocaso doraba lentamente donde los patos multicolores disfrutaban. Allí donde se podía ver el fondo de rocas planas ahora sólo había corriente enlodazada. Pensé que ese rincón del río debía tener mil años, que siempre allí los patos habrían habitado generación tras generación, porque era puramente la belleza.
En la orilla, hoy, asomaba la mitad de una bicicleta antigua mimetizada con el barro. Un carro de la compra igualmente emponzoñado, volcado y fenecido. Y el barro que traía el agua parecía un rastro de sangre como si, más arriba, con la lluvias torrenciales, algo hubiera muerto. quizá otro paraíso de patos.
El río es una realidad cambiante, no me acordaba de Heráclito. Di por muerta esa visión. Pero luego medité. Lo mismo que el lodo vuelve, cuando el caudal baje, el rincón paradisíaco ha de volver.
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