23 de Abril Hago un paro en mi estrés para encender el televisor y escuchar el discurso de el oráculo. Me impresiona que, en medio de todo el boato de chaqués y entre las ráfagas de abrazos, va él y hace aparecerse a la degradación, a la miseria, a la putrefacción..., encadenando que el mismo día en que cumplió catorce años, a las cinco de la mañana, salía a acarrear carbón mientras su madre doblaba más de la cuenta la cabeza sobre una máquina Singer con el comercio que de sus cuerpos hacían las hermanas de Cervantes.
Luego se enreda en demostrar algo imposible sobre que la excelencia de Cervantes se debe a que es poeta sin saberlo, soslayando sus propias palabras en las que dijera: “El don (la poesía) que no han querido darme los cielos”. Es como argüir que todo lo bueno, lo imaginativo, lo simbólico, lo esencial, lo que conmueve, debiera pagar réditos a los oficialmente decretados poetas.
Añade que estaría loco si dijera que sólo la pobreza da buena literatura pero lo insinúa.
Yo estoy de acuerdo en casi todo pero hay un algo de prepotencia disciplinar y un chasquido de tacones un tanto marcial. Suscribiría eso mismo en otro tono, si se dijera que es poéticamente como el hombre existe, o que la pobreza muestra la esencia y urge a la conciencia por construir orden en el desorden o el sufrimiento.
No sé de dónde viene ese absolutismo, esa pulsión de dogma, seguramente de una autosublimación doliente de la experiencia propia como una realidad irredimible a no ser por la propia acción literaria ya insustituible, como una obstinación.
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