Bruno Marcos

7 de Febrero Bajamos del barco. Mubarak, al ser sirio, conocía el árabe y se puso a regatear con un barquero. Mientras, nosotros esperábamos en la orilla bajo el oro del atardecer. Al fin llegaron a un trato y saltamos a la faluca. En el extremo, a la derecha de la proa, en cuclillas y cubierto por una chilaba blanca el nubio comenzó a hacer girar la vela. En pocos minutos estábamos en el centro del Nilo y un fuerte viento suavizaba la torridez del crepúsculo de Asuán. El nubio era extremadamente delgado, alto, con la cabeza pequeña y alargada, piel negra y ojos azules. No nos miraba ni hablaba con nosotros. En un momento dado cogió un recipiente y alargó la mano hasta la superficie del agua y lo llenó para después tomar un largo trago del mítico río. Desembarcamos en la isla elefantina y enseguida estábamos a las puertas de un museo que parecía abandonado. Al poco aparecieron seis o siete hombres mal coordinados que se desvivían por atendernos. Pedí agua y varios de ellos salieron por lugares diferentes a por ella internándose en la maleza. El museo estaba polvoriento y en cada sala una ola de calor rancio nos aplastaba. Al menos contaba con cien años y tenía toda la pinta de no haber recibido visitantes en mucho tiempo. Un hombre delgado y vestido a la occidental, con varias décadas de desfase en la moda, me hacía gestos desde detrás de una vitrina. Me acerqué a él y me arrinconó entre el cristal y una pared. Luego me forzó las rodillas hasta que logró que las flexionase y, una vez así, golpeó con el índice el vidrio que quedaba frente a mi rostro. Tras él un agujero en un sarcófago de piedra dejaba ver un mechón blanquecino, rubio u ocre, pegado a una superficie similar a una cáscara de huevo. Después de unos segundos el hombre me miró a la cara y esbozó una sonrisa seguida de un gesto de respeto mientras pronunciaba la palabra momia. Me enderecé y él se miró la mano haciendo un gesto como de quien cuenta monedas o billetes. Saqué una libras egipcias y, de entre ellas, escogí el billete más carcomido, uno que parecía estar mordido por ratones y se lo di.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Anónimo dijo...
Acabo de abrir tu nuevo diario y he estado leyendo lo de la visita al museo de Asuán en la isla Elefantina. Es muy bonito tu relato, con el aire fuerte, los nubios de ojos claros bebiendo agua del Nilo, el tipo demodado y la momia, la pobre ella, de quién sería. Y si existe otra vida, ¿dónde vagará ahora esa persona? Y si no existe, ¿qué sentido tiene su insignificante paso por la tierra, más allá del disfrute o el pesar de sus días?

10 de febrero de 2007 23:45

el payaso y el esqueleto dijo...
sabía que te iba a gustar ese relato, lo estaba pensando a medida que lo escribía, también es muy bonito tu comentario, me ha gustado tanto que lo he pegado anónimamente en el blog, aunque ya sé que no te gustan estas publicaciones de nuestros emails...
por otra parte no crees que hay que superar de alguna forma, filosófica, esa angustia por el individuo en el tiempo, ¿se podrá?¿nos vamos a quedar ahí? en quién sería esa momia, para qué existió? es ese el destino del pensamiento humano?

11 de febrero de 2007 0:53