6 de Febrero Juega otra vez el verano a colarse en el corazón del invierno. Huele a primavera. El sol enciende el cemento que cubre todo lo que abarca mi vista. De pronto, como un capricho formal, una lagartija que traza perfectas curvas sobre la pared, una geometría más perfecta que la que alguien ha dejado dibujada en la pizarra.
Tenía que ser así siempre el invierno aquí, en un país del sur como el nuestro. De dónde tanto temor al efecto invernadero. ¡Cuántos lugares hay cálidos y siguen ahí, tan felices! Creémos que debemos pasar frío para ser ricos, como si los antiguos egipcios no hubieran sido ricos sin padecerlo.
Tal vez la primavera ha estallado en pleno febrero pues levanto la mirada desde estas letras y sorprendo a una alumna de las más tímidas lanzando una cartita a uno de los alumnos más tímidos.
5 de Febrero Como en el cuento de Kafka, como ninguno de los dos teníamos que estar ahí, un lunes, en casa y no en el destierro, pasamos uno frente al otro sin reconocernos. A los pocos pasos tanto él como yo nos volvimos: "He pedido el día para ir al médico –me dijo-. Por cierto, ¿has visto la exposición del enésimo museo que han inaugurado? Vengo de allí. ¿Cómo no estás tú?... Si está todo quisqui... Bueno, hay un legado de Díaz-Caneja que más bien es un legadito. Treinta o cuarenta cuadros muy pequeños, todos iguales, con formas más o menos apasteladas... Pero eso no es lo peor... Cuanto más se acerca el arte a nuestros contemporáneos menos lo entiendo. El tema general es el paisaje. Hay algunas pinturas viejas que comprendes por qué se han realizado pero luego te encuentras en el patio con una bola de piedra, un montón de cantos rodados, unos cascotes y es que te da la risa... Yo sé que casi todos son conocidos o amigos tuyos pero eso es una estupidez general..."
4 de Febrero
3 de Febrero
2 de Febrero
1 de Febrero No sé por qué acabo contándole a mi jefe mis incursiones adolescentes en las academias de pintura.
Yo pensaba que debía formar mi incipiente vocación pictórica y recaí en un piso antiguo colapsado por señoras de abultados peinados que se hacía subir el café a media tarde con rosquillas. Su táctica era venderte mil y un tubitos de óleo de los colores más exóticos, -amarillo nápoles, tierra siena tostada, bermellón- y ponerte a copiar láminas en pequeños lienzos. Como yo iba por otros derroteros me rebelé a las primeras de cambio y protesté arguyendo que yo sabía que con los tres colores primarios se hacían todos los demás. Pues fui llamado por la anciana regente de la academia que, muy seria, con voz cavernosa de fumadora sauria, me explicó que ella había ido una vez de visita a la escuela de Bellas Artes de Madrid y había comprobado que, incluso allí, se compraban los tubitos a mansalva. Hube de claudicar.
Por si fuera poco aparecieron una chicas, feúchas y excitadas, que resultaron ser alumnas de una hermana mía y se enamoraron de mí. Insistían en tener conversaciones mientras yo intentaba acceder a los secretos más secretos de la pintura.
El caso es que tenían, en aquel gineceo decadente, mil y una triquiñuelas para sacarte los cuarto además de burlarse de mis ínfulas artísticas. Una hija de la dueña se mofaba de mí y la madre la amonestaba no con argumentos sobre la verdad del arte sino con una rotunda misoginia. “No te fíes de las mujeres, son lo peor que hay, -me indicaba”. Mientras su propia hija decaía en sus befas y quedaba contrita.
Apenas duré una primavera en aquella covacha y no volví después del verano, perdiendo el ingreso que, en concepto de matrícula vitalicia, me había visto obligado a abonar.
Cuando ya era un joven retorné al mundillo de las academias porque veía urgente el prepararme para el examen de ingreso en la Facultad de Bellas Artes. Todo el mundo me rechazaba. Les venía grande la misión de instruirme para tan alto lance. Nadie se veía con los conocimientos necesarios y se decían a sí mismos: “ ¿Alguien que sepa dibujar...? “ Y entonces pensaba yo: “...o sea que estos no saben y tienen una academia...” . Recalé al fin en otro antro donde un rizoso personaje nos desplumaba mientras charlaba de espiritismo con quien peregrinaba a escucharle. Su ego era grandísimo e incomprensible en un hombre de tan escaso talento. Apenas nunca se pasaba a ver tu dibujo. Allí descubrí lo que sería norma en todas las enseñanzas artísticas que me topé, que nadie te hacía ni caso.
2 comentarios:
Acabo de abrir tu nuevo diario y he estado leyendo lo de la visita al museo de Asuán en la isla Elefantina. Es muy bonito tu relato, con el aire fuerte, los nubios de ojos claros bebiendo agua del Nilo, el tipo demodado y la momia, la pobre ella, de quién sería. Y si existe otra vida, ¿dónde vagará ahora esa persona? Y si no existe, ¿qué sentido tiene su insignificante paso por la tierra, más allá del disfrute o el pesar de sus días?
sabía que te iba a gustar ese relato, lo estaba pensando a medida que lo escribía, también es muy bonito tu comentario, me ha gustado tanto que lo he pegado anónimamente en el blog, aunque ya sé que no te gustan estas publicaciones de nuestros emails...
por otra parte no crees que hay que superar de alguna forma, filosófica, esa angustia por el individuo en el tiempo, ¿se podrá?¿nos vamos a quedar ahí? en quién sería esa momia, para qué existió? es ese el destino del pensamiento humano?
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