Bruno Marcos

28 de Julio Hay dos cosas que me conmueven del insuperable poema de Horacio. Una es que exponga lo inútil de predecir lo que los dioses le deparan. De alguna forma muy trágica aparece ahí su presente ido ya al fondo de lo muy muerto, su deseo de evadirse de la angustia del futuro incierto cuando ya hace tantísimo de que se consumó su tiempo. Esa contingencia es hermosa y terrible.
Otra es, la recomendación de adaptar al breve espacio de tu vida una esperanza larga. Esto viene a ser, sin compulsión, vitalmente, lo que digo yo de que vivimos sabiéndonos perecederos pero sintiéndonos eternos. Por lo menos vivimos así a épocas, a ratos, en general. Quizá hay otros estadios en los que unos se sientan mortales sin importarles, por mero aburrimiento o humildad existencial.
Me da por pensar que ahora este carpe diem en el que vivo sea el culpable de las pequeñas pesadillas que me torturan todas las noches. Cosas tontas, nada de terror sino bobadas en las que en los sueños me enredo como si fueran cruciales.

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