11 de Abril En la tele por cable hay un canal cuya programación me busca. Son películas ambientadas en épocas y lugares deliciosos, años 20, 30; y se trata de personajes adorables, afectivos, creativos... Una compañía de teatro en tiempo de los nazis cuyo director judío dirige los ensayos por una tubería desde el sótano..., un equipo de rodaje ambulante en los tiempos prehistóricos del cine mudo..., un grupo de indigentes candorosos y portuarios que conviven con un Nick Nolte enamorado de una muchacha que vive en una caldera industrial abandonada..., y así.
Ayer ponían esa película que he visto varias veces, a trozos o completa, sobre un muchacho escultor sumamente excitado, impulsivo y jovial, de principios del siglo XX, que se empareja con una mujer 20 años mayor que él y que fue a París a suicidarse.
¿Por qué me gustan tanto estas historias de la bohemia? Puede ser que el arte surja al final de la infancia como una alternativa para seguir jugando, descubriendo, pintando... ante la inminente llegada del mundo gris de los adultos, puede ser que por ello todo el mundo bohemio se vuelva delicioso.
La versión rica del bohemio, el dandy, pierde seducción para mí al tiempo que su extravagancia no comporta una degradación tan manifiesta ni una cómica picaresca sino, más bien, un espectro del capricho. Tal vez el antecedente del bohemio no habría de ser otro que el pícaro español, el que se niega a trabajar, a crecer.
El caso es que el joven escultor tenía toda la pinta de haber existido más allá de la película, se trata de Henri Gaudier- Brzeska, efectivamente muerto en combate durante la primera guerra mundial a la edad de 23 años.
¿Puede una efímera y alocada existencia de 23 años dejar una huella tan grande como para que esta película sea vista tantas veces por los que soñamos con la bohemia cien años después?
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